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Castillo, murallas y puertas

Sus recovecos y secretos

La alcazaba mora inicial

El castillo en Brihuega fue construido por los árabes en el s. X o, fundamentalmente, en el XI. Inicialmente se encontraba aislado, en lo alto de una roca rojiza, por lo que durante siglos se le llamó “Castillo de la Peña Bermeja”.

Estaba separado del resto de la población a través de un hondo foso que poco a poco se fue cubriendo y disponía, en su costado occidental, de una muralla propia que le hacía más inaccesible. Por sus lados oriental y meridional se abría al valle del Tajuña.

Al igual que las alcazabas moras tradicionales, constaba de diferentes partes que estaban bien diferenciadas, pero unificadas en un solo elemento. Carece de torre del homenaje y asienta sobre varios niveles escalonados.

La parte más antigua es la central, con planta cuadrangular y un patio central rodeado de estancias de una única planta. En un nivel más bajo se añadió un paseo de ronda con un gran espacio abierto a levante, en el que posteriormente hubo huertos y que los briocenses denominan “el paraíso”, actualmente ocupado por la parte principal del cementerio.

Los muros islámicos eran de sillarejo, muy gruesos, y con el tiempo perdieron sus almenas originales.

Modificaciones cristianas posteriores

En el s. XIII, ya bajo el señorío de los obispos toledanos, el castillo fue ampliado y modificado, convirtiéndose en un palacio-fortaleza destinado principalmente a los usos residencial y religioso.

En el costado norte, sobre el nivel inicial del patio, se edificó una nueva ala con dos pisos y múltiples salas vacías que culminan en la capilla del castillo. Es una edificación gótica, del segundo cuarto del s. XIII, y muestra un estilo nórdico, reflejo de la cultura y gustos del obispo Ximénez de Rada. A ella se accede por una puerta arco apuntado y su bóveda es de medio punto, recorrida por nervaturas que arrancan de capiteles decorados con sobrios motivos vegetales. Cuatro ventanas de arco de medio punto iluminan el hermoso interior, en cuyos muros pueden contemplarse bellas pinturas mudéjares de color vino.

Bajo esta ala norte se construyó una cripta alargada destinada a caballerizas, conocida hoy en día como “Capilla de la Vera Cruz” y que alberga los tradicionales pasos de Semana Santa.

El castillo fue abandonado por los obispos desde el s. XVI, muy dañado por la Guerra de Sucesión en 1710. Entre los años 1832 y 1845 se destinó a cementerio municipal.

En el año 2017 se ha ejecutado una importante rehabilitación de las salas nobles del mismo y se han puesto en valor diferentes motivos y decoraciones mudéjares, gracias a la aportación del 1,5% cultural del Ministerio de Fomento.